Leviatán – Poder absoluto

He comenzado este 2015 con una de mis tradiciones preferidas: la de ir el día 1 de Enero al cine a ver uno de esos interesantes estrenos que normalmente se programan para el día de año nuevo, si bien este año, con Leviathan, he tenido una experiencia cinematográfica totalmente opuesta al júbilo y felicidad propios de la Navidad.

Leviatán es el último trabajo del director ruso Andrei Zvyagintsev que, fiel a su estilo, carga de simbolismo cada secuencia para ofrecer una radiografía de la corrupción de la Rusia contemporánea que dificilmente podría ser más certera, astuta y desoladora. Su cámara filma la desesperanza total, la pobreza extrema, no sólo económica sino espiritual y moral. Leviatán se presenta como un gran exponente de lo que algunos llaman “cine necesario” por mucho que me disguste esa expresión.

leviathan-movie-official-trailer

Leviatán remite inevitablemente a Armonias de Werckmeister, de Bela Tarr (e inspiradora del titulo del blog) no ya en el simbolismo del cetáceo fallecido, estandarte de la belleza en un caso o del poder en otro, sino a ese desarrollo totalmente inmisericorde con el espectador y los personajes, casi necesario para contar una historia así. La odisea de los personajes en Leviatán es, por contra, radicalmente diferente a la de Janos Valuska, el tímido astrónomo de Armonías de Werckmeister. En la cinta de Zvyagintsev una familia enfrentada en bloque a la expropiación de su casa por parte de un cacique local verá su universo descompuesto en cuestión de días por el imparable avance del poder.

El poder, que es la clave de Leviatán, se muestra desde dos lugares distintos aunque sus consecuencias (y causas) convergen hacia un único punto. Uno es el poder político, encarnado en la figura del orondo cacique que ansía expropiar la casa del protagonista. El otro poder, el religioso, se muestra en la figura de dos sacerdotes, uno cercano al poder y las altas esferas y otro cercano al pueblo. 

Y entre medias un protagonista, el cabeza de familia, Kolia,  incapaz de parar a la corrupción de la clase política que se ve abandonado por la religión, por un dios que parece estar más cómodo entre la burguesía. Así, su mundo se desmoronará poco a poco, inexorablemente. El leviatán consume todo , dejando a Kolia en los puros huesos. Todo se derrumba a su alrededor sin entender muy bien por qué.

El mal que anida en el cacique es sólo un reflejo del mal de la Rusia actual que  Zvyagintsev pretende mostrar. Caducos símbolos de poder (impagable la escena de tiro y los retratos) ven desde la tumba como sus directrices han sido enterradas, tergiversadas o simplemente ignoradas para construir un esquema de poder totalmente desesperanzador, donde la justicia es ante todo un medio para conseguir los más abyectos fines y la Iglesia (¿o el mismísimo Dios?) sirven a quien menos lo merece.

El bisturí de Zvyagintsev está más afilado que nunca y posiblemente más afilado que el de cualquiera de sus contemporáneos. Este desolador retrato de la Rusia actual desmontará cualquier idea esperanzadora que tengan porque pone de manifiesto envidiablemente bien el hecho de que el poder está lejos de los simples mortales y que contra ese leviatán nada se puede hacer.

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