Whiplash – Good job

La gran maleabilidad del cine a la hora de incluir música, sonidos y jugar con ellos junto con la imagen es el germen de Whiplash, una película inevitable. Inevitable por ser uno de los máximos ejemplo de la conjunción de cine y música, entendida como ritmo, que se han hecho nunca. Whiplash no es sólo una película. Tampoco es sólo música; traspasa la frontera de los dos artes creando un nexo entre el jazz y la imagen y dejando una sensación impagable por intensa e inédita: La de haber asistido a un concierto, no como espectador o como músico, sino como algo visceral e indescriptible. Realmente Whiplash te hace sentir música.

Y como tal, Whiplash es ritmo. El ritmo de la batería de Miles Teller, ese aventajado estudiante de conservatorio que hará cualquier locura por conseguir ser el mejor y, sobretodo porque su profesor Fletcher, encarnado por un estelar JK Simmons, le considere el mejor. Porque Whiplash es ambición. La ambición de un profesor implacable obcecado en la búsqueda de su propio Charlie Parker y la ambición de un alumno por serlo. Y esta ambición se representa como una espiral de sufrimiento por parte de los dos protagonistas, un duelo mano a mano, un David contra Goliat.

La ambición del batería no tiene límites y el lo sabe. Toda la grandeza que intenta alcanzar está descrita por sus acciones y las reacciones de sus allegados y amigos. La disección de la perfección y la ambición es brutal. Damien Chazelle muestra todas las aristas y como poco a poco el protagonista es consumido por la música y sus pretensiones de gloria, representadas siempre con el ritmo de la película.

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Mediante un montaje demencial perfectamente mimetizado con los ritmos del jazz de la película y las intensas emociones que intenta transmitir se teje la historia desde la incredulidad inicial hasta la perfección final. Todo gira alrededor de la relación de los dos protagonistas y su búsqueda por alcanzar la perfección, algo que no es nuevo en el cine, desde luego, pero que aquí está plasmado de una forma rompedora.

Por eso es difícil describir Whiplash con palabras; porque es algo que llega tan adentro que no se puede definir. Suena a cliché pero es cine para vivirlo. Inteligente en sus reflexiones y sus diálogos, Whiplash no se queda en un mero ejercicio de ritmo y música sino que deja un poso en forma de análisis de la fama y la perfección. Es muy crítica con sus personajes y aunque los entiende, no les da tregua en ningún momento, dejando que acaben el uno con el otro.

Se menciona repetidamente a David Fincher y Aaron Sorkin a la hora de hablar de Whiplash y desde luego parece una revisión (no en la forma sino en el fondo) de la Red Social. Pero si David Fincher era tan sólo el director de La Red Social, aquí Damien Chazelle desempeña la labor de director de Whiplash como cineasta y como músico, colocando cada plano en el momento justo, cada imagen está en el preciso instante en que suena una nota o entra en escena un instrumento. Todo eso convierte a Whiplash en algo único.

Y es por eso por lo que Whiplash es una película inevitable. Tarde o temprano alguien tendría el suficiente talento para saber unir la base de la música, el ritmo, con la imagen de forma casi definitiva. Es la película que muchos soñábamos pero que no habíamos visto materializada. Ha habido intentos de conseguirlo pero Whiplash es, hasta ahora, el logro definitivo en este campo, la cinta que difumina las fronteras de cine y música como nunca se ha hecho y consigue, gracias a ello, sensaciones nunca obtenidas en una sala de cine.

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