Mad Max – Fuego y gasolina

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Vivimos acostumbrados a que todo estreno cinematográfico medianamente relevante sea calificado al momento como “película del siglo”, “película definitiva”, o “una de las mejores de la historia”. Vimos inmersos en hype. Es pues, importante, andar siempre con pies de plomo para calmar los ánimos y observar todo con el importante punto de vista que da el devenir del tiempo. Con el estreno de Mad Max: Furia en la carretera, este circo no ha sido una excepción, y la notable cinta de acción de George Miller parece ser, además  de notable, el segundo advenimiento de Jesucristo o un evento tan importante en la historia del cine como fue en su día el estreno de Ciudadano Kane.

Este hype perpetuo que determinados títulos llevan tatuado; esta diarrea de halagos desmedidos cuyo único fin es intentar poner palabras a una emoción pasajera que acabará por  en la mayor parte de los casos no hace ningún bien a la película víctima de la emoción en cuestión. Aun así, y pese al aluvión de alabanzas y vítores, por suerte pude disfrutar de la secuela de Mad Max sin sentirme tremendamente decepcionado por no estar, en efecto, ante la bajada de los cielos del hijo del dios del cine. 

 

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Leyendo opiniones de estos abanderados de la efusividad desmedida, vi una tremendamente inquietante: que Mad Max terminaba con el género de acción (y casi con en el cine); que era imposible hacer nada mejor, y que era una película importantísima para este género. Aunque las dos primeras reflexiones no las comparto, la tercera sí que me parece interesante de reflexionar. Mad Max se posiciona como película clave (aquí hablar sin tener perspectiva temporal es un tanto osado pero si me equivoco nadie se acordará en unos años) en el ecosistema de los blockbusters porque llevas hasta las últimas consecuencias esa expresión que me gusta tan poco y que se usa tantísimo que es “blockbuster de autor” (Habría que definir bien que es un blockbuster y que no pero eso es tema para otra entrada).

Porque Mad Max es la expresión definitiva de la mente del autor, en este caso, de la mente radioactiva de George Miller, en una pantalla. Pone todo su imaginario; la evolución del universo Mad Max que se inventó a finales de los setenta, en una pantalla de cine. Y lo lleva hasta el final. Es digna de admiración la claridad con la que ha trasladado su imaginación a la gran pantalla; buena justificación de la democratización de los efectos especiales, efectos que le han permitido alcanzar un nivel artístico soberbio. Porque no es una película de coches, tiros y mujeres. Es una película de vehículos, mutados por una sociedad post-apocalíptica en descomposición, que plasma su obsesión por la gasolina y la velocidad en los coches que fabrican. Y es una película de acción, tan sumamente bien orquestada que parece una ópera de heavy metal, una sinfonía interpretada con guitarra eléctrica, batería y sintetizador, todos en perfecta armonía con las imágenes que desfilan por la pantalla. Y es una película de mujeres. Pero no de mujeres despampanantes, mujeres objeto que idolatran al héroe y no saben hacer la o con un canuto. Son mujeres de verdad, cuya aparición en la película obedece a la única decisión de incluir protagonistas femeninos, en vez de servir como meros reclamos para el público masculino. Y están escritas de una forma tan brillante que probablemente se conviertan en personajes icónicos del género de aquí a unos años.

 

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Aunque, para ser sinceros, todos los personajes tienen una personalidad brillante y están escritos con el desparpajo y la habilidad que da haberlos ido moldeando durante largos años como hizo George Miller. La personalidad de cada villano, de cada heroína, de cada enemigo, por mínimo que sea es encomiable. George Miller ha profesado mimo absoluto por su último y más brillante hijo.

Y este mimo está presente en un apartado visual espectacular (y variado y además, poco saturado de CGI) con una fotografía que probablemente esté entre las más celebradas del año (o debería estarlo) y en un montaje frenético, que recuerda por momentos a la música dubstep. Todos estos aciertos sirven además para esconder las debilidades de la película: su historia no da la talla, demasiado simple por necesidad o por falta de ideas, se antoja un poco insuficiente. Pero queda en segundo plano; como ya ocurrió con Gravity, la historia es el mero armazón sobre el que se construye el verdadero cuerpo de la película.

Quizá Mad Max sea parecido  Gravity, la experiencia ante todo, la concepción del cine como espectáculo mayúsculo antes que como experiencia intimista. Por eso la recepción de Mad Max ha sido parecida a la cinta de Cuarón y posiblemente la opinión de los más emocionados se calme con el tiempo, pero es seguro que ahí quedará esta rareza de un artista atípico, que hace muchos años marcó para siempre la serie B con la original Mad Max (demasiado víctima de su tiempo, me temo) y que ha vuelto por sus fueros, consciente de las posibilidades que le otorga la digitalización de los efectos especiales y de los cambios a la hora de narrar en el siglo XXI. Esperemos que George Miller se dedique a hacer más Mad Max y menos Babe el Cerdito Valiente 2, que comedias familiares hay muchas, pero películas donde un guitarrista atraviesa el desierto tocando una guitarra lanzallamas no hay ninguna.

 

Esta texto podéis encontrarlo también en la web de los compañeros de dfcinema.

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