La huella imborrable de Fabrizio de André

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He de admitir que he estado un tiempo intentando averiguar como iniciar este texto, pero parece que la inspiración me había abandonado, probablemente en búsqueda de alguna mente con más talento para la escritura que la mía. Dejándolo por imposible, lo aparqué temporalmente, hasta que leí una interesante retrospectiva escrita por un amigo en su blog personal sobre Nagisa Oshima, uno de los directores más  izquierdistas que ha dado la historia del cine.

Anteponer la ideología al aproximarse a un artista, mediante un texto o una retrospectiva, implica, en gran medida, que dicha ideología fue capital a la hora de que éste llevara a cabo su trabajo. Más allá de ideales difusos o endebles, en esa pequeña retrospectiva de Oshima se observa claramente cómo la influencia de unos ideales arraigados y sinceros condicionan irremediablemente las obras de un artista, así como su vida.

Y si para entender la obra de Oshima parece ser necesario entender y conocer su ideología, no lo es menos para el caso de Fabrizio de André. Este cantautor fue hijo de un antifascista italiano, que luchó en la resistencia durante la II Guerra Mundial, y quizá por herencia familiar, quizá por ser testigo de la Italia devastada que dejó el fascismo, Fabrizio de André fue, desde siempre y hasta el momento de su muerte, un convencido y sincero anarquista de izquierdas. Y esta ideología condicionaría su música para siempre, convirtiéndole en uno de los mayores exponentes mundiales de la canción protesta.

 

 

Sus canciones y discos versaban sobre obreros, marginados, prostitutas o sobre eventos como el Mayo del 68. Gran defensor de las lenguas minoritarias, cantó en un buen número de idiomas autóctonos de Italia además del italiano, como el napolitano o el liguriano. No era religioso, al menos de la forma tradicional, pero escribió un álbum sobre Jesucristo que suscitó críticas de los estratos más religiosos de la sociedad italiana al ofrecer una visión del Nuevo Testamento casi atea y absolutamente socialista.

Pero además de esta ideología tan marcada, que se ve plasmada en todos sus trabajos y que en cierto modo era una constante en muchos de los cantautores italianos de la época, como Francesco Guccini, Fabrizio de André se eleva sobre todos éstos probablemente por una razón: ser uno de los cantautores musicalmente más extraordinarios que se han dado nunca en la música contemporánea. Allá donde algunos músicos ceden todo a su voz o las letras que componen, Fabrizio de André consiguió un dominio casi virtuoso en todos los aspectos de sus obras. No sólo tenía una gran voz; también un dominio grandioso de la composición musical; incorporaba a sus obras gran cantidad de instrumentos, de todas las épocas, y los combinaba con maestría dando lugar a obras que recuerdan a trovadores medievales, cantautores americanos o a música latinoamericana. Sus referentes son muchos y, junto a su habilidad poética, escribió algunas de las canciones más bellas que ha dado la música contemporánea.

 

 

Casi como un guiño del destino, De André lanzó su primer disco casi a la par que surgió Mayo del 68. Sucesivamente, y hasta 1970 estrenó varios trabajos basados en canciones que había ido componiendo durante su vida. En ese año, sin embargo, lanzaría lo que sería el primero de sus discos conceptuales y, quizá, su mejor trabajo: La Buona Novella. Esta libre reinterpretación del Nuevo Testamento contiene ya todas las virtudes de este cantautor; es una gran muestra de su finísimo humor: en la canción Il Testamento di Tito ataca con ironía los 10 Mandamientos, narrado desde el punto de vista de un crucificado. También es quizá el mayor ejemplo de su talento a la hora de escribir poesía; La Buona Novella posee algunas de las más bellas rimas que De André escribiría durante toda su vida.

Los siguientes años fueron los más prolíficos para él, en los que lanzó la mayor parte de sus mejores discos, cuya calidad iba a la par de su contenido político. La cima de esta progresión fue sin duda Storia di un Impiegato, disco protesta por excelencia y probable fuente de inquietud y malestar para una derecha italiana que le tenía desde hace tiempo en el punto de mira. En él llevó a las últimas consecuencias su visión de la lucha de clases, a tal punto que le censuraron el título obligándole a llamarlo “Historia de un funcionario” en vez de su título original, “Historia de un funcionario y una bomba”.

 

 

Un par de discos y tiempo después, Fabrizio de André fue secuestrado por un grupo de bandidos durante 4 meses. Cuando fue liberado, tremendamente marcado por ello, su música cambiaría definitivamente. Sus letras no fueron tan directamente políticas sino que tocaron temas de algún modo más universales como los genocidios a los indígenas americanos (Indiano) o hablaron de su Génova natal y del mediterráneo (Crêuza de mä). Su música se diversificó, adoptando nuevos instrumentos y explorando nuevos sonidos, procedentes de América Latina o Estados Unidos.

Tres años después de publicar su último disco, Anime Salve, Fabrizio de André moriría, a los 59 años de edad, en Milán. Había dejado tras de sí 15 discos y una enorme cantidad de seguidores dentro de Italia. Fue referente para muchos cantautores en su país y, desgraciadamente, bastante desconocido fuera de él. Y, al igual que Oshima, es imposible comprender la magnitud de lo que escribió y lo que cantó si a la vez no se entiende la profunda sinceridad con la que cantaba a aquellos a los que dedicaba sus canciones: los más marginados de la sociedad.

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