Corazón gigante: el aislamiento

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Hay una escena en Corazón gigante en la que el protagonista habla desde el coche por teléfono con alguien, quien asegura que tiene una canción que le va a encantar. Inmediatamente escuchamos heavy metal en un plano aéreo del mismo coche y deducimos que están los dos en el coche disfrutando de una velada musical. La realidad golpea unos minutos después, cuando el protagonista vuelve a hablar con ese amigo y descubrimos que éste no es sino un locutor de radio encargado de poner las canciones que le pide la gente y, en este caso, Fúsi, el solitario protagonista de Corazón gigante. En ese momento, cerca del principio y que condensa de algún modo la esencia de la película, es cuando queda clara la profundidad de la herida de la soledad que la película se decide a mostrar.

Corazón gigante es un pavoroso retrato de la soledad y la marginación que se adapta con un guante al siglo XXI; siglo en el que más que nunca el aislamiento se ha convertido en una enfermedad. Y Fúsi es un enfermo: grande, obeso, introvertido y extremadamente tímido, es incapaz de relacionarse con nadie y pasa su tiempo huyendo a sus refugios solitarios para evitar confrontar la realidad. Sólo el esfuerzo de sus seres queridos (esfuerzo no especialmente grande) es el que le hace salir, aunque sea brevemente, de su zona de confort para buscar algo que anhela y a la vez le aterroriza.

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Existen innumerables películas con este tipo de protagonistas y gran parte de ellas, si no la mayoría, suelen caer en la autocompasión y la complacencia, además de banalizar el problema con resoluciones irreales y puntos de vista inexistentes y ajenos al problema. Este tipo de cine tiende a hacer casi ciencia ficción de un problema que es verdaderamente auténtico. En Corazón gigante se huye de (casi) todo tipo de clichés, incluso de la búsqueda de culpables, para relatar la simple y llana soledad del día a día de una persona con innumerables heridas psicológicas. Y Dagur Kári, el director, filma a su pobre protagonista con una ternura infinita, como si fuera su hijo, o su hermano, pero sin concederle absolutamente nada. Es un relato desolador y sutil de un personaje devastado.

Cuando Corazón gigante termina, todos los pequeños detalles acaban por cobrar sentido y vemos, en ese extraordinario plano final, la honestidad de la película, que queda más patente que nunca.Y además descubrimos, sin sorpresa, que todos somos o hemos sido, de alguna forma, como Fúsi. Y por eso él es tan grande, porque guarda en su interior todos los miedos, anhelos y problemas que hemos tenido alguna vez y, porque además, es un reflejo fiel de una parte de la sociedad, olvidada y marginada por ser diferente y, sobre todo, por no atreverse a ser igual.

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