Sueño con serpientes

El_Abrazo_de_la_serpiente

 

Casi un año después de poder ver El abrazo de la serpiente en el Festival de San Sebastián, he empezado por casualidad a descubrir la discografía de Silvio Rodríguez, cantautor que hasta el momento no me había decidido a escuchar. Entre la innumerable cantidad de canciones que he escuchado estos días, casi ninguna desdeñable, he encontrado una extraordinaria, que da nombre a este artículo y que además, me ha transportado de nuevo a la película de Ciro Guerra.

El abrazo de la serpiente es muchas cosas. Es, de alguna forma, justicia para aquellos que fueron exterminados hace cientos de años (y no tan cientos), por no estar “civilizado” o por no creer en Dios. En sus imágenes están las más contundentes críticas al colonialismo, de la mano de aquellos cuyos antepasados sufrieron el coste de la violencia del hombre blanco. Recuerdo como al finalizar el pase en el Festival, llegó un turno de preguntas en el que una mujer nativa de la región de Colombia donde se filmó la película agradeció, extremadamente emocionada, que se hubiera dado voz a aquellos que nunca la habían tenido. Pero no es sólo un crítico y certero trabajo político; también es un atípico cine de aventuras en forma de viaje espiritual (al igual que en la anterior película de Ciro Guerra, Los viajes del viento) hacia lo mágico o desconocido.

 

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En la canción de Silvio Rodríguez, su estilo de cantautor limitado por su voz y su guitarra, se ve deformado por el uso de efectos que le dan un aire psicodélico y ensoñado a la música, como si de un sueño se tratase. Esta deformación de una realidad recuerda a la deformación que en El abrazo de la serpiente se hace del cine de aventuras al uso. La búsqueda por parte de dos exploradores de una planta llamada yakruna que ayuda a sentir y soñar es la excusa para que la aventura a través de la selva parezca un viaje psicodélico, una especie de sueño o alucinación por parte de los exploradores europeos. Quizá sea este el nexo que ha unido la canción de Silvio Rodríguez y la película de Ciro Guerra, separados, por lo demás por miles de millas de distancia y muchos años de tiempo. Si la gran obra del mexicano Juan Rulfo, Pedro Páramo, me recordó a Los viajes del viento, ha tenido que ser una canción la que me haya remitido a su última gran película. Quizá haya sido porque los nombres de ambas obras son similares, o quizá porque lo que cuentan lo es, pero lo cierto es que a partir de ahora será difícil separar una de la otra. Como si la música y el cine se hubieran unido y cobrado vida en mi mente.

 

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