Festival de San Sebastián 2016: Thriller español en Sección Oficial

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El thriller español vive un momento de gran fecundidad, espoleado por lo atractivo y actual de los temas que trata y los buenos resultados en taquilla. Aunque gran parte de ellos son meros trabajos de gran simpleza formal y narrativa, destinados a cubrir un cupo en la cartelera y a pasear una cara conocida o dos, hay otros (los menos), que han conseguido alcanzar cierta maestría, no tanto narrativamente sino en aspectos más puramente formales, heredando técnicas y trucos del cine norteamericano y oriental. Se podría destacar al debutante Raúl Arévalo con Tarde para la ira así como al Alberto Rodríguez de la Isla Mínima o, ya más lejano, a Daniel Monzón. En un intento de seguir su estela, tanto Rodrigo Sorogoyen como Alberto Rodríguez han presentado sus propuestas en el marco del festival de San Sebastián.

En Que Dios nos perdone sorprende descubrir lo creativo que ha sido Rodrigo Sorogoyen a la hora de dirigir y plantear su película, pues se ha alejado de sus coetáneos más inmediatos (Alberto Rodríguez, Amenábar, Monzón) y ha buscado referencias e ideas en el extranjero. Viendo Que Dios nos perdone uno no puede dejar de pensar en Memories of murder, True detective o Zodiac. Las virtudes de todas estas películas se unen en la cinta de Sorogoyen creando un thriller potente, deslumbrante, pero falto de imaginación. Que Dios nos perdone nace condenada a no ser muy relevante fuera de nuestras fronteras o en el propio subgénero del thriller policiaco, pero a la vez quedará como uno de los más lúcidos y mejor planteados trabajos sobre asesinos en serie de los últimos años.

La película de Sorogoyen tiene el problema que ya tuvo La isla mínima: sacrificar el esqueleto narrativo para simplificar el relato y hacerlo accesible y atractivo para el espectador conlleva que de algún modo la propia película no pueda dar más de sí de ninguna manera. Además, busca una atmósfera determinada, un ambiente (enrarecido en el caso de la Isla Mínima, de urgencia en el caso de Que Dios nos perdone) que está inspirado de forma muy directa en clásicos norteamericanos y surcoreanos recientes del cine policíaco. En este sentido, Que Dios nos perdone queda en evidencia, pero afortunadamente el gran talento del director tras la cámara junta todas esas referencias; toda esa experiencia previa en el género, y las ensambla de forma magistral, imprimiendo gran velocidad y tensión a la narración.

 

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Mediante una típica pareja de policias en la que uno tiene problemas de comportamiento y nula vida sentimental, y el otro, más familiar y amigable, resulta ser un hombre duro al que le cuesta controlar su violencia (imposible no pensar en True Detective aquí), Sorogoyen da vida a una historia de asesinos en serie que no se aleja de lo ya establecido pero que resulta bastante imaginativa. Aderezándola con un sorprendente humor en el que pone en tela de juicio las costumbres de los españoles, y con una contundente crítica a las fuerzas policiales, deja un sello idelógico claro (que curiosamente ocultó en ruedas de prensa y entrevistas en el Festival).

Que Dios nos perdone es consciente de que es una película limitada en algunos aspectos, pero gracias a ese conocimiento de sus propias limitaciones, se construye alrededor de sus problemas, ocultándolos y dejando un todo meritorio, potente y que anticipa un gran futuro tras las cámaras a este director tan talentoso que es Rodrigo Sorogoyen.

Igual de referencial con el cine norteamericano, pero bastante menos inspirado ha estado Alberto Rodríguez con su Hombre de las mil caras. Su intento de llevar a la gran pantalla la intrigante vida del ex espía Francisco Paesa es más que meritorio, pero también se siente manufacturado, artificial y sin alma, humana o política (algo que si tenían sus anteriores trabajos). La aparente crítica política o social es inexistente (y podría haber existido y ser contundente), y la película mitifica la figura del espía como si de un James Bond patrio se tratase.

Esa aparente renuncia a “mojarse” hace que los partidos políticos desaparezcan de la película, así como las repercusiones sociales que tuvo a priori y a posteriori el caso Paesa. En vez de eso se da un retrato superficial de todos los actores del conflicto, sin que se ahonde en sus miserias personales, en su psicología o en sus motivaciones. Alberto Rodríguez lo simplifica absolutamente todo para que la película sea lo más atractiva posible a la mayor parte de gente posible; El hombre de las mil caras es la película más comercial del realizador sevillano; la más accesible, sobre todo comparada con sus anteriores trabajos, Grupo 7 y La isla Mínima, más secos, atmosféricos y menos complacientes.

 

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Y, con todo, el conjunto funciona perfectamente reviviendo toda la huida de Roldán y retratando al personaje de Paesa. Incluso para copiar hay que tener talento, y en este caso Alberto Rodríguez hace suyo este tipo de cine tan efectista y lo traslada a los convulsos años 90 de la política española. La simpleza del resultado apena, vistos sus trabajos previos, pero es, en cualquier caso, una muy interesante película sobre una lamentable crisis política.

Curiosamente, de estas dos películas, es aquella que trata un tema totalmente alejado de los despachos la que satiriza la sociedad y la clase política española, mientras que la que debería entrar más de lleno en el corrupto pasado del país, prefiere quedarse en la orilla para evitar naufragar, a costa de evitar a los espectadores de su película el interesante, pero a veces no placentero, viaje a las profundidades de la podredumbre que habita en el seno de España.

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