Festival de San Sebastián 2016: Yo, Daniel Blake

i-daniel-blake-3

 

Cuando se anunció al final del Festival de Cannes que Yo, Daniel Blake había ganado la Palma de Oro, una muchedumbre de críticos desde la sala de prensa del festival profirieron improperios hacia las diferentes madres de los diferentes miembros del jurado o hacia sus debilidades con las bebidas espirituosas. Entre algunos de estos soliviantados se encontraban algunas de las voces más importantes de la crítica en España, que dejaron claro que no entienden muy bien en que consisten los premios en los festivales de cine. No les quito, faltaba más, el derecho a quejarse, pero que algunos lo hicieran desde el insulto y el berrinche dejó una imagen un tanto desoladora. Aún así me llamó la atención tanto odio hacia una película; tenía curiosidad desde entonces por ver qué era lo que había alterado tanto las, por otra parte, sosegadas voces de la crítica patria y, en el marco del Festival de San Sebastián pude saciar mi curiosidad.

Después de verla entiendo aún menos los insultos por la propia concepción de la película, pero hasta yo, alejado del conocimiento cinematográfico tan vasto que dan los años y años de experiencia viendo cine, comprendo las taquicardias producidas a los magnos representantes del análisis fílmico. Yo, Daniel Blake es obvia hasta para Ken Loach, que no se trata precisamente de un mago de la sutileza. Si siempre le ha gustado meter a martillazos sus clavos ideológicos en las películas (algunas veces con mucho acierto, otras con bastante menos), aquí directamente ha usado una taladradora para incrustarnos el drama del pobre Daniel Blake (esto va sin ironía) y de su improbable amiga de fatigas a través de los recovecos de la burocracia inglesa y su falta de humanidad.

 

i-daniel-blake-backdrop

 

El problema es el de siempre: su cine es bienintencionado y es una lástima que no agrade, porque se agradece que haya alguien que mira por aquellos por los que no suele mirar nadie, incluso en el cine. El problema son las formas, y en este caso no las cinematográficas (que también), sino la sutileza; el drama por el drama; el putear a tus personajes hasta que no pueden más o el no saber condensar todas esas desdichas en emoción. Yo, Daniel Blake produce algo de indiferencia (no mucha, tampoco vayamos a fingir que hemos sido unos témpanos de hielo), problema mayúsculo cuando tus personajes son casi los más miserables de Inglaterra, sufriendo desventuras desde el minuto 1 al minuto 105 de película. Ni el simpatiquísimo y buen personaje de Daniel Blake consigue reflotar el asunto, lastrado por la morosidad visual de Loach y la devastación que el guion provoca en la vida de los personajes.

Cansar de tanto drama es algo que consiguió hace 2 años en este mismo festival, y de forma notablemente más notoria, la tambien sutil Susanne Bier con el esperpento de Una segunda oportunidad, probablemente la película con más cosas terribles por minuto de la historia del cine. La sutileza es más que importante si vas a tratar temas sociales de cierto calado dramático, porque corres el riesgo de caer en la autoparodia y el cansancio, y no creo que Daniel Blake como personaje cinematográfico ni como representante de una parte de la sociedad británica, se mereciera un análisis tan grosero de sus problemas. Y croe, sinceramente, que tampoco sea ésta la intención de Ken Loach, probablemente algo cegado por la indignación y la tosquedad que siempre ha atesorado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s