Festival de San Sebastián 2016: Un monstruo viene a verme

 

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El otro día, uno de los grandes exponentes de la comedia española, el cómico Dani Rovira, afirmaba en su cuenta de Twitter que J.A. Bayona era uno de los mejores directores del mundo. Lo mencionaba, imagino, debido al cercano estreno de su nueva película, pero evidencia un sentir instalado en la industria cinematográfica del país y en aquellos que la disfrutan, que es que Bayona es un gran director al que hay que halagar sistemáticamente. No tengo intención alguna de criticar esas posturas, totalmente respetables, pero si de mostrar genuina sorpresa por la gran prensa que tiene este hombre (dentro y fuera de España). Sorprendente porque al ver su cine se descubre que no destaca absolutamente nada en el. No es especialmente brillante (ni, por supuesto, mediocre); carece de cualquier sello autoral o aspecto identificativo más allá del detalle de la música, y toca grandes temas (la muerte, la desesperación), sí, pero de forma torpe. Aún así se las ha ingeniado para poner a sus pies a una industria y a una gran parte del país e, incluso con Un monstruo viene a verme, a un buen grupo de la prensa extranjera.

Entré intrigado al pase de la susodicha en San Sebastián, y salí francamente sorprendido por el hecho de no haber sentido nada más que indiferencia ante el via crucis familiar de un niño con una madre enferma de cáncer. Los detractores de Bayona estarán de enhorabuena: ya no usa tanto la banda sonora para subrayar según que cosas, aunque gracias a esto ha conseguido una planicie emocional total, lo que dice bastante poco de su criterio y talento como director. Un monstruo viene a verme es homeopatía de la buena; un Spielberg disuelto en metros cúbicos de agua, ramplón y sin ideas visuales, salvo aquellas que no son mérito suyo sino del equipo de efectos especiales y de la voz en off de Liam Neeson, que se han encargado de hacer un monstruo realmente resultón (y que es el verdadero y aventuraría que único atractivo real de la película).

Más allá de comentar la película, que tampoco miga que sacar que no se haya sacado de otras tantas películas iguales y alabar el “buen hacer tras la cámara” o “su sentido clasicismo”, me parece interesante comentar lo tóxica que termina siendo la entronización de según que directores por una parte grande de la crítica. Es perfectamente lícito que si Bayona gusta, se le alabe, pero hay que tener en cuenta que cada vez hace un cine más y más comercial que necesita el sitio justo en la agenda de la crítica. Y que las razones de dichos halagos más que cinematográficas son interesadas. Usarle como prácticamente único ejemplo del buen cine que proviene de España es negar la existencia de otro cine de la misma procedencia (incluso aunque sea comercial, como en el caso de Alberto Rodríguez) cuyos méritos son otros que haber ido a hacer cine al extranjero. Parece que la moda cinematográfica en España la marca, como no, Estados Unidos. Y aquí por supuesto la cuota de culpa es de todos.

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