Festival de San Sebastián 2016: La larga noche de Francisco Sanctis

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Si hay algo por lo que merece la pena asistir a un festival de cine es por poder descubrir películas excepcionales, ocultas entre la maraña de pases y eventos, que probablemente no se distribuirán y no recibirán gran atención.El problema suele ser estar atento a los rumores y preguntar a compañeros que ya las hayan visto, como ocurrió con La larga noche de Francisco Sanctis, que me animaron a verla después de que pasara por la sección Una cierta mirada del festival de Cannes. Andrea Testa y Francisco Márquez, cada uno con un documental en su haber y poca experiencia cinematográfica más, son los improbables directores de una de las películas que mejor condensan lo que es el cine, como arte, como medio de comunicación audiovisual, y como vehículo narrativo.

La historia es sencilla, pero el contexto es importante en esta película, porque a la postre es lo que arroja luz sobre la evolución del personaje protagonista, Francisco Sanctis: estamos en los años 70, en la dictadura argentina, y un hombre corriente tiene la oportunidad de salvar a dos personas de los militares. No se necesita saber más; por necesitar, la película podría ser sin ningún diálogo y sería exactamente igual de transparente para el espectador. La evolución de La larga noche de Francisco Sanctis según pasan los minutos se torna instintiva para quien la ve, entendiendo las miradas del protagonista como la duda, la culpa que le corroe al no saber si debe exponer su integridad, su vida, por salvar a unos desconocidos que unas horas antes no sabía que existían.

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Rodada en largos planos secuencia y planos fijos, la película evoluciona desde la cotidianidad de su comienzo, en el que se ven escenas de una familia tipo de la época, hasta la opresividad y agobio de su tramo final; evolución que discurre en consonancia con la carga moral del protagonista, que ve como el deber le envuelve del mismo modo que el espectador se ve lanzado directamente a su encrucijada psicológica de manera magistral: los fondos de la película terminan por desaparecer, desenfocados al extremo, dejando sólo al protagonista junto a grandes punto de luz y formas fantasmales de una ciudad que súbitamente le es completamente ajena. El trabajo pictórico de la película es extraordinario, y, en general, el trabajo de dirección es uno de los más contundentes del año. Las escasas conversaciones; la música; el uso de la cámara; todo está medido hasta el más absoluto y mínimo detalle para representar esa bajada a los infiernos de la moral y la culpa que sufre el protagonista. El aparente thriller político que aventura la sinopsis de la película se convierte progresivamente en un estudio psicológico sobre personajes (en plural) llevados al límite; ahogados por la dictadura; sacados, como en el caso del protagonista, a golpes de su zona de confort y lanzados al centro del conflicto.

Si alguna vez la ridícula expresión “no sobra ni falta ni un plano” tuvo sentido usarse, es para películas como esta. Es una obra mayor, en la que todas las componentes que hacen una película están pensadas desde su origen, desde la simplicidad (que no el minimalismo) y la sutileza, y se juntan para formar una obra triste y amarga; estudio máximo sobre la condición humana, surgido a partir de la nada. Las referencias que tiene esta película son más o menos claras, pero sería casi un insulto mencionarlas, pues ya no es que el conjunto sea totalmente genuino o que hasta para copiar haya que tener talento; es que es una renovación del thriller y el cine negro, que parte de los códigos más clásicos del género y los actualiza a este siglo, haciéndolos ya casi imperecederos.

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