La última obra del ilusionista

 

Orson Welles repitió a lo largo de su vida, en varias entrevistas, que su mayor motivación para innovar en el cine era el hecho de pisar terreno inexplorado, de hacer lo que nunca había hecho nadie antes; usar las técnicas que a nadie se le habían ocurrido o el equipo que otros ni se habían planteado usar. En esta evolución constante, espoleada por la curiosidad, el afán de exploración o la misma necesidad que sufrió a lo largo de toda su carrera, Welles avanzó como un torrente, imparable, quemando etapas y dejando atrás incluso a los más osados de sus contemporáneos. Cuando por fin hizo todo lo que quiso, o todo lo que pudo, o todo lo que le dejaron, era ya demasiado tarde para volver a hacer cine en el país que le despreció y a la vez demasiado pronto como para retirarse, algo que probablemente nunca se pasará por su cabeza. En cualquier caso, en esa época, posterior a sus grandes éxitos, en la que ya podía mirar con desdén, melancolía y amargor a su pasado como así reflejaría en su entrevista con Peter Bogdanovich, Welles no cesó de reinventar a su manera el cine, con una energía que nos parecería propia de un adolescente; una energía que desbordaba por todos los lados y que salpicó la televisión , el cine y el documental en países tan variados como Francia, España o Alemania.

Si exceptuamos los documentales que dedicó a la creación de sus obras, Filming ‘Othello’ Filming ‘the trial’ podría decirse que su última gran obra, o al menos su última gran obra con vocación cinematográfica (en el amplio sentido de la palabra) es Fraude. El amargo e irónico sentido del humor de Orson Welles, cristaliza aquí, como resumen de su propia vida; como broma hacia el espectador y hacía si mismo y como irreverente ejercicio cinematográfico. En Fraude el nada es lo que parece se sustituye por el nadie es lo que parece: timadores, falsificadores, personajes que existen y dejan de existir con un chasquido de dedos dan vida a esta última broma cinematográfica del director. Su profunda voz, su excelente habilidad para el montaje y su aguda ironía fueron las herramientas que usó para renovar, una vez más, el arte del cine (y en este caso concreto, el documental).

 

 

En una época en la que los documentales vivían una edad dorada con Chris Marker, Alain Resnais o Patricio Guzmán, Fraude se antoja sorprendentemente contemporáneo, una mezcla de impecable trabajo periodístico mezclado con un ejercicio de metacine de lo más estimulante. Pero incluso bajo todo esto se siguen encontrando más capas sobre las que hablar. Welles, genio innato, ingobernable, imparable, nunca fue amigo de aquellos que coartaban el talento, idea que expresa a través de los personajes a los que entrevista en la película una y otra vez. Fraude es un trabajo sobre la mentira como elemento necesario para crear, para imponerse a las barreras del sistema; es una oda al poder y belleza de la ilusión y de la fantasía, como elementos artísticos únicos y necesarios. En definitiva, es una película sobre lo que siempre ha sido: un ilusionista, por necesidad y por convicción; un mago del cine.

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