Song to song: Malick desaparecido

 

Terrence Malick alcanzó uno de los mayores logros a los que puede aspirar todo cineasta, que no es otro que ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Desde entonces, y viendo en retrospectiva su éxito, ha querido continuar con el cine que desplegó en El árbol de la vida, aplicándolo en sus posteriores obras y llevándolo al paroxismo en las dos últimas. Lo que puede parecer un ejercicio de coherencia se ha transformado en uno de megalomanía y egocentrismo que ha terminado por destruir el propio trabajo del cineasta, convirtiendo sus obras en un pastiche de imagen y voz en off digno de un anuncio de promoción de la Junta de Andalucía, y en las que solo importa el “sello Malick”, al igual que últimamente en el cine de Nicolas Winding Refn solo importa Nicolas Winding Refn. Se podría trazar un interesante paralelismo entre las dos obras de estos cineastas a partir de dos de sus mayores éxitos, Drive y El árbol de la vida, (que curiosamente se estrenaron ambas en 2011) y la posterior rendición de su cine a un continuismo mal entendido de las características cinematográficamente intrínsecas de estas dos películas. No es que un cineasta deba evolucionar y cambiar su cine cada vez que realiza una película, pero quizá si saber adecuar el discurso cinematográfico al discurso narrativo o político.

Si esa forma de rodar que Malick terminó de definir en El árbol de la vida continuó en To the wonder y Knight of cups, es en Song to song donde definitivamente éste pierde el norte en cualquier aspecto que se pueda imaginar. En esta película se narra la historia de un triángulo amoroso. O dos. O tres. No queda muy claro, y tampoco la intención es ofrecer una imagen simple y nítida de las relaciones que ocurren en la película (ni está bien o mal que esto sea así, por supuesto). Lo que sí parece intuirse del visionado de la película es que Malick quería hacer una especie de unión entre personajes a su vez unidos por la música y por el amor que se profesan entre ellos; una especie de La La Land en prosa aprovechando que aparece al menos uno de los protagonistas de la cinta de Chazelle. Pero, seamos honestos, lo que menos le importa a Malick son sus personajes. Es irónico que sus últimas dos películas traten temas tan humanos como el amor y estén a su vez tan profundamente deshumanizadas. En Song to song no hay personajes porque sencillamente estos no pueden existir. Si no eres capaz de escribir algo más que frases sueltas sobre la soledad, la pena, el amor, los celos, y ponerlas en boca de los actores y actrices, entonces estás grabando, como mucho poesía. Da igual que aparezcan Fassbender, Cate Blanchett o Ryan Gosling por ahí para mostrar la profundidad de sus sentimientos si no son más que una forma de llamar la atención sobre la película, una muestra más del ego de un director que quiere tener a los más famosos entre sus filas para hacerlos suspirar y declamar y poder decir, quizá, que en sus películas aparecen los mejores.

 

 

La estructura de esta película, completamente anárquica, podría tener interés si sirviera a alguna idea estética o cinematográfica, pero nada de esto parece surgir de sus dos largas horas de metraje. Mientras que en El árbol de la vida lo visual y sonoro surgía de una motivación narrativa; de narrar la unión entre vida y religión (la mejor muestra de esto es la escena espacial en la que suena una obra de Zbignew Preisner y que pese a ser artificiosa, encaja a la perfección con el alma de la película), en Song to song esos mismos criterios estéticos acompañan una historia mucho menos pura, sobre la música (contemporánea y comercial) y la traición. Que aparezca gente como Patti Smith o Die Antwoord mientras todo lo demás parecen escenas eliminadas de peliculas anteriores de Malick parece casi un chiste. La música que suena y todo que parece querer representar Malick son dos mundos casi opuestos, pero a él parece darle igual.

No le da tan igual, eso sí, la fotografía, que queda de nuevo a cargo de un Emmanuel Lubezki que parece que está cansado de tener que hacer siempre lo mismo en sus películas.En Song to song la fotografía se ve más desganada que nunca, llamativa en algunos momentos pero sin ningún hallazgo como los que Lubezki ha venido mostrando en películas como El Renacido o el mismo Árbol de la vida. Pero el problema es aún mayor, porque Malick no tiene ningún interés, de nuevo, en que ese trabajo fotográfico tan limpio e intachable sirva para algo más que para el hecho de aparecer en su película, puesto que la mayor parte de ésta está rodada en planos cortos, cámara en mano, encuadrados de forma horrible, en los que, por ejemplo, las cabezas de los personajes aparecen y desaparecen cortadas por los límites del formato arriba y abajo. La pregunta es, si el objetivo es rodar planos muy cortos y a la vez resaltar la estupenda fotografía, ¿no es mejor utilizar un formato más ancho, que no sea panorámico como el 2.35:1? El resultado de esto es malo; una película que cansa ver y en la que los planos más interesantes son aquellos que no son muy cercanos, porque muestran un trabajo de composición más compacto y que tiene sentido con el formato y la fotografía de la película.

En su próximo, Radegund, la cuota de estrellas va a desaparecer, al igual que Lubezki. Veremos si busca hacer algo nuevo, porque su futuro cinematográfico es una incógnita y ahora mismo su cine está bastante quemado. Probablemente intentará cambiar para no caer en la intrascendencia como parece que está haciendo viendo la acogida de sus películas en festivales y salas de cine. Al fin y al cabo sería positivo que se reencontrara con su talento para hacer las grandes obras que ha dirigido a lo largo de estos años.

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