Fourteen: la evolución del tiempo

 

La extrema y engañosa sencillez del cine de Dan Sallitt, quizá uno de los pocos directores que pueden ostentar el título de hacer “cine independiente norteamericano”, es sin duda la estructura sobre la que se apoya su trabajo. La franqueza de la producción de sus películas deja espacio para que cada detalle, cada gesto y cada palabra destaquen, y puedan tomar la extrema importancia que tienen o deberían tener. En The Unspekeable Act (Dan Sallitt, 2012), el director confrontaba los miedos y las pasiones de una adolescente mediante un excelente uso del espacio y la palabra, realizando un recorrido por la psicología de la protagonista sin caer en el sermón que otros directores de cine independiente —falsamente, en este caso— como Jason Reitman utilizan de forma sistemática para esconder la frivolidad de sus películas.

Dan Sallitt ha comentado que a la hora de filmar su nueva película (Fourteen, 2019) se ha encontrado en una situación diferente a sus anteriores trabajos, puesto que ha debido escalonar el rodaje de la película a lo largo de un año y medio. Esto, dice, le ha permitido trabajar los tiempos de la narración de una forma diferente a todo lo que había hecho. Si The Unspekeable Act ocurría en un lapso de tiempo más o menos indefinido, pero distribuido equiespaciadamente a lo largo de todo el metraje de la película, Fourteen discurre no sólo en un periodo mucho mayor — de aproximadamente 10 años — sino que además es una película que se va alargando progresivamente conforme progresa su metraje: los eventos van teniendo lugar en intervalos de tiempo cada vez más alejados entre sí. Esta continua prolongación de las elipsis es el adhesivo que enlaza los diferentes fragmentos en los que se divide la película.

La historia de dos amigas, interpretadas por Tallie Medel — que ya protagonizó The Unspekeable Act — y Norma Kuhling, a lo largo de esos diez años va ganando en gravedad debido a la estructura elíptica de la película. Lo que comienza comprimido en unos meses, y que sirve para mostrar la relación de las dos protagonistas — una, más sencilla y apocada; la otra inestable y atractiva —, se va exteniendo en el tiempo según la relación de las dos mujeres va avanzando y tambaleándose. El concepto de que el tiempo parece que pasa más rápido al envejecer es lo que parece que Sallitt ha intentado plasmar en su película, y está claro que lo ha conseguido. Conforme las elipsis se hacen más largas — pasando de días o pocas semanas a varios años — el poso del vínculo de las protagonistas se hace más denso e insoportable. La lejanía y la pérdida de la relación divide sus caminos. Como si ya no hubiera nada que contar el tiempo deja de importar y a la vez se convierte en lo más importante. La película captura algo tan etéreo como la sensación de envejecer.

Lo extraordinario de Fourteen es que consigue crear esta sensación con el simple uso de los espacios — aquellos del pasado y los del presente — y los tiempos cinematográficos. Lo que para algunos puede suponer un desfile de hipérboles sentimentales aquí se consigue con algo tan aparantemente frío como el tiempo. Parecería que el cine, arte del movimiento, hubiera olvidado su propia idiosincrasia si no fuera por ejemplos como este, donde queda claro que el tiempo es lo único que importa.

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