Festival de San Sebastián 2019: Zeroville

 

Zeroville (James Franco, ¿2019?) no tenía muy buena pinta incluso desde antes que se anunciara su candidatura a la Concha de Oro. Se filmó en 2014 pero la productora/distribuidora, Alchemy, quebró, dejando al pobre James y a la película huérfanos hasta este año que por alguna ventura que nadie alcanzó bien a comprender -probablemente instigada por la Concha de Oro de Disaster Artist– apareció discretamente por Sección Oficial. El trailer, desquiciado a más no poder, no auguraba nada bueno, pero es cierto que debido a lo magro de la sección este año, cualquier cosa un poco fuera de la norma se agradecía. Sin embargo a los dos días del certamen se informó desde el festival que Zeroville no podría participar a competición y que se exhibiría fuera de concurso debido a un estreno fantasma en Rusia de la película durante esos mismos días – en los festivales de clase A como San Sebastián no pueden competir películas si se han estrenado en otro país que no sea su país de origen-. En estas condiciones gran parte de la crítica cinematográfica optó por desprogramar de sus horarios la película – Si no participa en la Sección Oficial, parece ser que no tiene interés – y otra gran parte decidimos que si íbamos a ver un descarrilamiento mayúsculo lo presenciaríamos desde la primera fila.

Pero en esta vida hay sorpresas – en este festival en concreto ha habido unas cuentas este año – y Zeroville fue una de ellas. Vapuleada por la crítica el día anterior al que yo la pude ver, esperé lo peor y encontré lo mejor. Lo mejor, probablemente, que haya rodado James Franco y desde luego lo mejor de la Sección Oficial. Pero no es una película fácil, como todas aquellas que bordean y abrazan el ridículo. Zeroville puede parecer fallida, una broma, o ambas, pero es ante todo una película finísima y a la vez desatada. Mucho más inteligente de lo que la mayoría podríamos presuponer, y mejor dirigida de lo que casi todos esperábamos; nos encontramos a James Franco cruzando a toda pastilla las filmografías de Abel Ferrara e Iván Zulueta.

Así pues, ¿qué es Zeroville? A priori su historia parece bastante común: un joven llega a Hollywood buscando entrar en la industria de cine, trabajando primero como carpintero en la construcción de sets de rodaje y después como montador de películas. El joven, de nombre Vikar, llega a Los Ángeles el mismo día que La Familia Manson asesina entre otros, a Sharon Tate – ¡El mismo día que termina Érase una vez en Hollywood¡-. Vikar comienza con un perfil bajo a trabajar pintando y haciendo sets, pero enseguida llamará la atención de todos por tener tatuada en la cabeza una escena de Un lugar en el sol (George Stevens, 1951) protagonizada por Montgomery Clift y Elizabeth Taylor. Esa es la única película que ha visto, a la que considera «La mejor de la Historia» y que le obsesiona hasta límites insospechados. Interpretado -cómo no- por el propio James Franco, destaca su completa ingenuidad y dedicación sobre el mundo -cinematográfico – que le rodea. Vikar vive fascinado por cuanto encuentra a su paso en sus paseos por los estudios de Hollywood; en las fiestas a las que asiste, y por la gente que conoce. Absorbe todo el conocimiento que le brindan como una esponja y lo repite mecánicamente como si fueran salmos sagrados. Una de las personas que más le influye es una afamada montadora, que enseña a Vikar todos los secretos de la edición cinematográfica, introduciéndole en ese mundo y descubriéndole como un montador extraordinario. Así, el protagonista entrará de lleno en el mundo del cine y en una obsesión psicológica cada vez más fuerte con la imagen y con una mujer perdida entre fotogramas. Un planteamiento que recuerda a Arrebato (Iván Zulueta, 1979) pero que tiene mucho más por debajo que una mera referencia a esa película como punto central de interés.

«Fuck continuity!» es el grito de guerra de Vikar cada vez que trabaja en la sala de montaje. Ese adiós a la continuidad como motto que el protagonista esgrime con confianza y desafío está presente en la propia película. No es el único desafío que Zeroville plantea a Hollywood aunque sí es el más explícito. En la propia personalidad de Vikar se esconde se esconde una mirada de profunda ironía hacia la cinefilia, eternamente hambrienta de mitos que defender bajo una mirada superficial. «Hay películas que parece que existían antes de ser grabadas» es otra de las frases que, por imitación y reflejo, Vikar repite hasta la saciedad. Lo cómico de su personaje es que funciona como un reflejo de la percepción que tenemos hacia el cine: un mundo de dogmas y lugares comunes que no podemos plantearnos ni siquiera discutir. En Zeroville se crea un mundo imaginario de referencias cinematográficas alrededor del protagonista que no es más que el otro lado del espejo de la realidad cinéfila. Vikar es absorbido por los mitos del cine – especialmente por Un lugar en el sol – fotograma a fotograma de la misma forma que el personaje de Will More era fagocitado por su cámara – aunque por motivos completamente diferentes – en Arrebato. Los inconcretos fotogramas rojos que aparecían en los rollos filmados por este personaje se contraponen, en Zeroville, a las imágenes de una mujer que aparecen en los fotogramas de películas míticas de Hollywood que Vikar monta o ve. El enigma de Hollywood representado en una mujer llamada Soledad Paladin, que es además descenciente de Luis Buñuel, e interpretada por Megan Fox. Las ilusiones pasadas y presentes de la gran industria del cine se dan la mano en un mismo personaje.

Sin embargo en el mundo cinematográfico de Vikar no todo es veneración y culto. La película transgrede la propia concepción que su protagonista tiene del cine, quien, enamorado de Soledad, editará una película en la que esta es apuñalada para que el plano en el que un hombre le clava el cuchillo desaparezca. Como un censor del código Hays recortando aquellas imágenes que pudieran incluir referencias sexuales -fálicas, en este caso-, Vikar transgrede su propio imaginario. Tan respetuoso con los clásicos y tan rebelde con el presente. La única motivación más grande que el cine para él es Soledad, esa mujer que no deja de ser una ensoñación escondida entre fotogramas. Hay pues, en Zeroville, bastante más discurso e interés del que parece en primera instancia, y un segundo o tercer visionado se antojan casi decisivos para desenmarañar, aunque sea superficialmente, la rica adaptación que ha creado James Franco de la novela de Steve Erickson.

Las comparaciones con la última película de Tarantino son también interesantes porque una película actúa como contrapeso de la otra. No sabremos si ha sido casualidad que Zeroville se haya estrenado por fin después del éxito de Once upon a time in Hollywood, pero las coincidencias son muchas -y no sólo cronológicas-. La película de Tarantino, como todo su cine, es un homenaje, en este caso a Los Ángeles  y a la cultura cinematográfica que esconde. La mitomanía en su caso está representada y, en algunos momentos reescrita, con mirada de fan y nunca  con ánimo crítico -si acaso, cómico-.. Es «una carta de amor» a la ciudad y al cine que él ama. Más imperfecta, aunque también más interesante, es la mirada de Zeroville a ese mismo objeto. James Franco no cae en la crítica depredadora de la cinefilia – es igual o más cariñosa que la Once upon a time in Hollywood – y se permite, además, reescribir la historia de forma similar a como lo hace Tarantino. Pero siempre desde un punto de vista mucho más irónico y descreído. En 1969 murió el viejo Hollywood, enamorado de sí mismo y repleto de estrellas, y nació el nuevo Hollywood, perdido y mediocre, buscando impotentemente reproducir un pasado que no volvería. Tarantino buscó en su película que el Hollywood clásico nunca muriera, reescribiendo la Historia si era necesario. James Franco simplemente observa, curioso, el cadáver de esa época.

 

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